Héctor no tiene pasado, y lo que es peor, ni siquiera tiene futuro. Veinticinco años han pasado por su vida sin pena ni gloria. Sus estudios llegan al bachillerato y gracias. Su periplo laboral no es más que un trasiego constante de un trabajo a otro, dando tumbos sin encajar en ningún lugar. Su vida personal no es más que un cúmulo de fracasos: sus amigos son lo más parecido a él que ha podido encontrar en el vertedero de la vida; Dios los junta y ellos se crian. Ni amigas, ni novias, a lo más una noche turbia de alcohol con algún que otro encuentro fortuito. Su padre, muerto, su madre hubiera preferido prescindir del trámite de serlo, alcohólica y desorientada, para ella sus hijos son solo un accidente sin importancia. Su hermano no existe, cuando se ven son dos extraños.
Y con estos mimbres debe seguir intentando hacer el cesto que haga de su vida algo útil. Eso sí, incombustible, inasequible al desaliento, inalterable ante las contrariedades, impávido ante el espejo, impostor si hace falta, imprevisible por si acaso, imbecilizado en suma.
Aquí y ahora ha encontrado un hilo del que tirar: quiere ser detective. Cree haber encontrado sentido al sinsentido de su existencia y se agarra a ello como un niño de cuna al pezón de su madre.
Su vida, obra y milagros, va a comenzar, por fin, a escribirse en letras de molde.